Articulo Opinion
De qué hablan cuando hablan de soberanía alimentaria 01-04-2019
Bernardo Sagastume-Berra
Una idea muy apreciada por el fascismo de Mussolini tiene actualmente nueva acogida en movimientos anticapitalistas y gobiernos locales de España.
De buenas intenciones está asfaltado el camino del infierno. Y el cielo, de buenas obras. Las primeras nos pueden llevar al desastre, ése es el sentido del dicho popular y así como un ministerio de la verdad puede sonar bien aunque el resultado sea el control de las ideas, un organismo para la "soberanía alimentaria" puede también agradar el oído de algunos, aunque en realidad contenga ideas nefastas y que conducen al empeoramiento de nuestra sociedad. En los últimos tiempos ha ido calando este concepto, en especial en administraciones locales de las llamadas "del cambio" (es decir, con influencia de Podemos), pero no solo en ellas, ya que en noviembre el Ayuntamiento de La Laguna (CC) se adhería a un acuerdo de alcance nacional sobre la materia. O "estatal", ya que se denomina "Pacto Estatal por la Soberanía Alimentaria, la Educación Ambiental y la Sostenibilidad del Territorio", adoptando la jerga de los nacionalismos periféricos, que de paso muestran su desdén al concepto de "nación" si no es la de ellos.
Es cierto que mirando los postulados de este pacto más bien parece un conjunto de buenas intenciones en la línea de "salvemos al campo", con su declaración de defensa de los "territorios agrarios históricos". Pero su falso lema de "El sector primario, lo primero" ya nos lleva a otros terrenos, porque cada vez que alguien postula que una deter minada cosa es "lo primero" surge el tufillo totalitario que exuda la frase. No es casual,ya que si echamos la mirada atrás no han sido los movimientos al termundialistas actuales los primeros en utilizar estos conceptos. Fue, nada sor prendente, una de las ideas más agrada bles al fascismo, que en 1925 comenzó la llamada "batalla del trigo" con el pro pósito de impulsar una campaña hacia la autosuficiencia que pretendía mejorar la productividad, aumentar el número de tierras cultivables y establecer nuevos núcleos de población que articulasen el medio agrario. Seguramente les suena también aquello de repoblar el campo, que sigue siendo hoy uno de los latigui llos de los políticos. Mientras ellos viven en la ciudad, claro.
Mussolini inscribió esta campaña de recuperación agrícola (bonifica agrícola) dentro de la bonifica umana (recuperación humana), ya que este auge del campo al que llevaría su política tendría como consecuencia reforzar a los hombres del medio rural y dar su servicio a la raza italiana incrementando las tasas de natalidad. Siempre bajo la premisa mussoliniana de que el número era la base para articular al país dentro de los parámetros de las potencias mundiales. Esto permitió trasladar la propaganda totalizadora fascista al medio rural, pero no solo se actuó sobre el territorio -mediante la aplicación de innovaciones técnicas, la recuperación de terrenos para el cultivo o un programa de infraestructuras- sino que también se procedió al control de los grupos sociales encargados del desarrollo de las actividades del sector. El programa tuvo continuidad hasta 1931 y alcanzó hitos, como el récord mundial de productividad de trigo por metro cuadrado, pero la contracara de la propaganda fue la de sus elevados costes, con subvenciones siderales a los dueños de terrenos, que causaron que el programa se convirtiera paulatinamente en un despilfarro de dinero, con costes muy superiores a sus beneficios. Esta intervención del gobierno en la economía derivó en el desincentivo de otros sectores tan vinculados al campo como el grano, con una drástica caída en la producción de vegetales, carne, lácteos y derivados; al final, un impacto tan negativo o más que el de la necesidad de importar trigo con la que se quería acabar. Y con la que, por supuesto, tampoco se acabó, porque nunca se alcanzó el objetivo de la completa autosuficiencia en trigo ni en otros cultivos para los que se la perseguía, por más que la propaganda oficial se empeñaba en mostrar imágenes del Duce sin camisa, labrando el campo a la par que los agricultores, al rayo del sol. Cualquier semejanza con un político canario ordeñando una cabra es pura coincidencia.
El concepto de soberanía o autosuficiencia alimentaria, pese al fracaso, se mantuvo y España no estuvo al margen, con su Servicio Nacional del Trigo (SNT), fundado durante la guerra civil, pero que estuvo en pie hasta 1968. La típica arquitectura franquista de sus silos todavía se puede ver como testimonio mudo en algunas zonas de la Península. Y en los últimos años ha sido el llamado movimiento altermundialista, que así como propone lo de "comercio justo" -dando a entender que solo las transacciones bajo esta marca lo son- abraza el concepto de soberanía alimentaria con gran determinación.
Allí están para ello los de la Vía Campesina, gran exponente global de los globalifóbicos, presentes en 182 organizaciones de 81 países. Seguramente, algún euro de sus impuestos va a parar a sus manos, aunque usted no lo sepa. Sus ideas se presentan como "una forma de empoderar a las personas para organizar sus sociedades de tal forma que trascienda la visión neoliberal de un mundo de productos básicos, mercados y actores económicos egoístas". Según afirman, la soberanía alimentaria significa "solidaridad, no competición" y también la construcción de un mundo "más justo desde abajo hacia arriba". Sus enemigos son los gigantes del "agro business" (sí, esos a los que les debemos los transgénicos, la mejor arma de la historia contra el hambre) ya que hay que dar prioridad a la producción agrícola local,a fin de alimentar a la población, evitar el éxodo rural... Lo mismo que decía el Duce. Con el añadido millennial de "articular una agricultura que respete el medio ambiente y que se inserte en una estrategia de desarrollo sostenido".
Son ideas que prenden con facilidad, lamentablemente, porque satisfacen preguntas como la de "¿Y si hay una guerra, de dónde van a salir nuestros alimentos?", un falso miedo que muchos todavía conservan. La pretensión de autarquía, aquello de "vivir con lo nuestro", a lo único que conduce es al empobrecimiento general, porque lleva a las personas no a comprar los productos que más desea y valora, sino los que, por imposición gubernamental, está obligado a consumir. Esto no solo incluye prohibición de importaciones, sino también medidas más suaves como las que implican las políticas de "soberanía alimentaria", con subvenciones y fondos públicos para fomentar actividades económicas en las que no hay la virtud de la eficiencia sino la simple condición de estar localizada en el territorio bajo control del gobernante. Se premia a los productores que lo hacen peor, con impuestos recaudados de las manos de los que lo hacen mejor. Y el consumo interno por la fuerza, que obliga a pagar más para comprar al cercano, a la larga perjudica a todos los cercanos, porque de manera agregada produciremos y consumiremos menos. El próximo 17 de abril se celebrará, el "Día de la Lucha Campesina",en nombre de estos campeones de la solidaridad, que nada solidariamente tratan de vivir de lo que otros menos beneficiados por el favor político producen con gran esfuerzo y dedicación.